Por Valladolid y por su gente, ha merecido la pena

Artículo de opinión. Por Fernando Rubio Ballestero, concejal del grupo municipal Popular en el Ayuntamiento de Valladolid.

Por Fernando Rubio Ballestero, concejal del grupo municipal Popular del Ayuntamiento de Valladolid.

Llega la hora de poner fin a bastantes años de dedicación en el Ayuntamiento de Valladolid, casi 10 en el gobierno y 4 en la oposición. Como en toda despedida, afloran sensaciones distintas y sentimientos encontrados. Y no me gusta decir adiós, porque un adiós significa irse e irse significa olvidar.

 Desde mi llegada al Consistorio vallisoletano, como consejero delegado de Presidencia, he antepuesto siempre mi contribución al desarrollo de nuestro municipio a cualquier otra preferencia. Creo modestamente haber contribuido -como uno más dentro del equipo- a sentar las bases del Valladolid del futuro: desde la conmemoración del V centenario de la muerte de Colón al centenario de la Casa Consistorial, desde Valladolid Internacional a la red de embajadores, desde la ruta Ríos de Luz a la Plaza del Milenio, desde las medidas de apoyo al vehículo eléctrico a las propuestas de ciudad inteligente y proyectos europeos, desde la creación de la Agencia de Innovación a los programas de apoyo al emprendimiento y atracción del talento… Iniciativas todas ellas posibles por la confianza depositada en mí por quien fuera alcalde durante dos décadas, Javier León de la Riva.

Y es que la transformación reciente de la capital, iniciada por Tomás Rodríguez Bolaños, no puede entenderse sin la magnífica labor de Javier León al frente del Ayuntamiento, entre 1995 y 2015. Un cambio que no sólo se produjo a nivel urbanístico, sino en términos de bienestar, riqueza económica y calidad de vida, con la puesta en marcha de una lista interminable de equipamientos y dotaciones, tanto en el casco histórico como en los barrios. Y por supuesto a través de programas específicos de apoyo a colectivos en riesgo de exclusión social, a mayores, a mujeres, a jóvenes, a personas con discapacidad, a comerciantes, a emprendedores, a deportistas… Un reflejo de nuestra preocupación por las personas y sus familias.

Ha sido un verdadero privilegio participar en equipos tan comprometidos con la promoción de Valladolid y su cultura, tan relevante en una ciudad que hace tan solo unas décadas no era nada atractiva desde el punto de vista turístico. Un modelo acertado y que ha sido respaldado mayoritariamente por el actual equipo de gobierno. En estos 14 años he aprendido que es más lo que nos une que lo que nos separa. Que es necesario fomentar el diálogo y acercar posturas, especialmente en las grandes decisiones y proyectos que afectan al municipio y su entorno, en aras de un espíritu de consenso que mucho se reivindica y, sin embargo, cuesta tanto poner en práctica. Si la nueva Corporación lo logra, que Valladolid se lo premie; y si no, que se lo perdone.

En un momento en el que la actividad política genera rechazo en numerosos sectores de la opinión pública, quiero romper una lanza a favor de todos los que, desde la honradez y el espíritu de servicio público, consagran su tiempo a defender el interés general de sus pueblos, ciudades y habitantes. Esa es la auténtica política municipal.

Una política cuya grandeza radica en la cercanía y proximidad al ciudadano, dando respuesta inmediata a sus demandas, compartiendo sus preocupaciones, quejas y sugerencias. Una política alejada del ambiente gris de los despachos. De ahí que en las elecciones municipales los votantes valoren al candidato por encima de las siglas, al perfil humano por encima de los partidos.

Los partidos yerran cuando se rigen por un criterio arbitrario y cortoplacista, por una división en familias y facciones que acaban lastrando a la propia organización. Esos partidos renuncian en ocasiones, equivocadamente, al sistema de mérito y capacidad para contar con los mejores. Y así resulta difícil articular un proyecto y elaborar un relato o discurso creíble. En nuestro caso, ni llegan todos los mejores ni se van los peores.

Yo he tenido la fortuna de trabajar por y para Valladolid, junto a compañeros que ahora también dejan el Ayuntamiento y otros que lo dejaron antes, para los que quiero tener un cariñoso y emotivo recuerdo. Nada me congratularía más que se retomara una iniciativa ambiciosa, capaz de sumar votos a los 50.522 obtenidos por la candidatura del PP el pasado 26 de mayo. Quiero también destacar muy especialmente la labor de los empleados públicos, muchas veces injustamente denostada. Y la de los medios de comunicación, esencial en la transmisión de la información local.

Todos los cambios llevan consigo cierta melancolía, porque lo que dejamos atrás es una parte de nosotros mismos. Pero también ilusión por los nuevos retos que se nos plantean. Ahora que finaliza mi etapa como miembro de la Corporación, quiero insistir en la necesidad de normalizar la marcha de los cargos públicos. A la política debe llegarse con una formación terminada y un oficio aprendido, para evitar la «profesionalización».

Llevo a Valladolid en el corazón. Y por eso seguiré trabajando –ahora desde fuera del Consistorio– para hacer de esta gran ciudad una ciudad aún mejor. Generando ideas creativas y construyendo proyectos ilusionantes, pues se envejece cuando los recuerdos superan a los proyectos. El futuro pertenece a los que creen en la belleza de sus sueños, pues como decía William Faulkner, «la sabiduría suprema es tener sueños bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen».

Como dije al principio no quiero decir adiós. Prefiero despedirme dando las gracias a todos los que han brindado -a Valladolid y a mí- su cariño, dedicación y trabajo, lealtad y compromiso. A los amigos y compañeros, y a los no tan amigos, de quienes también he aprendido. Siempre me ha gustado escuchar y anteponer Valladolid sobre otros intereses. Pido perdón por los errores cometidos y sobre todo a quien no le haya podido responder como esperaba. Y deseando todo lo mejor a los que nos sustituyen ahora en la Corporación Municipal, a quienes ofrezco toda mi ayuda y disposición desinteresada.

Por Valladolid y por su gente, ha merecido la pena.

“Este adiós no maquilla un hasta luego,

este nunca no esconde un ojalá,

estas cenizas no juegan con fuego

y este ciego no mira para atrás”

(Joaquín Sabina, “Nos sobran los motivos”)