NUEVAS DIABLURAS, EN EL “PUENTE DEL DIABLO”. DESVENTURAS DEL PUENTE MAYOR

NUEVAS DIABLURAS, EN EL “PUENTE DEL DIABLO”. DESVENTURAS DEL PUENTE MAYOR. Artículo de opinión. Por Jesús Enríquez Tauler, portavoz adjunto del grupo municipal Popular en el Ayuntamiento de Valladolid.

Por Jesús Enríquez Tauler, portavoz adjunto del grupo municipal Popular en el Ayuntamiento de Valladolid.

En el catálogo de la magnífica exposición “Valladolid y El Conde Ansúrez. Verdad, tradición y leyenda”, que todavía se puede visitar en el Museo de Fabio Nelli, se cita por su excelente directora, la leyenda que atribuye la construcción del Puente Mayor al mismísimo Satanás.

Un relato legendario recogido por el escritor Antonio Martínez Viérgol, que aproxima Valladolid a las ciudades más románticas del mundo literario, al vincular la construcción diabólica de su primer puente con el amor imposible entre jóvenes amantes de linajes medievales rivales.

Enlazando con la leyenda, se vienen sucediendo en las últimas semanas multitud de comentarios sobre “otras diabluras”, que se acaban de perpetrar en el Puente Mayor. Unas obras ejecutadas (nunca mejor dicho), por el gobierno de “otro Puente” sin duda mucho menor.

Si hace siglos el crimen entre Tovares y Reoyos originó la fábrica del puente por el diablo, para comunicar amantes de ambas orillas del Pisuerga, ahora son otros los “crímenes” relacionados con el puente y sus obras de reforma, que señalan no pocos vecinos.

El primer “atentado” ha tenido por objeto las aceras del paso, extendidas ahora con un pavimento continuo similar a los que se instalan en los parques infantiles para amortiguar las caídas de los niños en sus juegos, que provoca un sensible “efecto muelle” en los viandantes, más extraño e inseguro para los de mayor edad y menor movilidad.

Se denuncia también por el vecindario, la sustitución de las farolas regias de fundición que exhibía el puente, por báculos quizás más resistentes, pero menos nobles; la reducción de los faroles, antes dobles, por otros ahora solitarios y la desgraciada sustitución de la barandilla de protección, so pretexto de modernidad y seguridad.

Lejos de encajar las críticas que ha despertado la polémica intervención sobre el Puente Mayor, sus responsables políticos niegan la mayor, tratando de justificarla sin atender a la opinión mayoritaria de los vecinos y a las observaciones del propio Servicio Territorial de Cultura de la Junta de Castilla y León, que manifestó sus dudas precisamente sobre los mismos aspectos que desagradan a los ciudadanos, antes de la realización de los trabajos.

Es decir, que si se hubiese hecho caso a los expertos en patrimonio, el proyecto de reforma del puente se hubiera modificado y se podría haber elegido otros materiales más dignos para el puente más antiguo de la ciudad, y mucho más armoniosos para conciliar estética y funcionalidad.

La piedra de toque de este desaguisado está, a mi modo de ver, en la desprotección del Puente Mayor ante obras seguramente tan bien intencionadas como desafortunadas.

El primero de nuestros puentes debe ser declarado Bien de Interés Cultural para evitar en el futuro nuevos desaciertos.

Una declaración que permita elaborar un plan para su recuperación e integración “en la nueva ciudad”, tras una reflexión sobre su funcionalidad en la movilidad urbana actual y futura, así como acerca de la “liberación” de las heridas que se le han venido causando a lo largo de su existencia, anclando sobre él canalizaciones de todo tipo expresión de unas políticas mucho más espartanas que atenienses, al servicio en exclusiva de la practicidad y de la economía.

A modo de confesión de parte, los responsables del urbanismo de la ciudad han tenido que reconocer ante las justificadas críticas, que han hecho una especie de remiendo al puente, en vez de acometer una rehabilitación integral del paso histórico, reconociendo con ello su perentoria necesidad.

El gobierno del “otro Puente” ha optado, una vez más, por el peor de los caminos: hacer las cosas tarde y mal o, al menos, nada bien y con un alcance mucho menor de lo que exigía la situación, urgido por su nulo balance de gestión a escasos meses de su fin.

Mientras, cada año, el tripartito municipal deja de invertir millones de euros en la ciudad que, en buena parte, van a parar a los bancos para amortizar deuda de forma anticipada por obligación legal, como castigo por el incumplimiento de sus promesas de inversión.

El Puente Mayor bien podría haber merecido mejor trato cuando se cumple el Octavo Centenario de la muerte del Conde Ansúrez, repoblador de la ciudad y a quien se atribuyen numerosos beneficios y fundaciones para consolidar el desarrollo del caserío vallisoletano.

Un incipiente desarrollo en el que jugó un distinguido papel la construcción del precursor del Puente Mayor actual, ordenada según la tradición por su esposa Doña Eylo durante la ausencia de su marido en tareas de reconquista.

A nuestra ciudad le hacen falta más buenas obras y menos remiendos. Y, a ser posible, que no las tenga que ejecutar el diablo. En mayo próximo los electores decidirán si quieren un Puente Mayor rehabilitado “como Dios manda”, o seguir con “otro Puente” que no conduce a ninguna parte.